Siempre me he preguntado, con esa extraña combinación de angustia y curiosidad, por qué tantos sentimos miedo cuando nos encontramos cerca un habitante de calle o algún hombre sin fortuna que solo nos pide lo que nunca nos sobra. Alguno pensará que es una pregunta de idiotas: simplemente el peligro es inminente y, si uno ama la vida, el miedo vendrá con naturalidad. Pero no me es suficiente esta respuesta. Nunca he dejado de pensar que hay algo más, un instinto así debe ser en parte artificialmente construido.

Hace un buen tiempo tuve la oportunidad de entrevistar a estas personas, conocer sus miedos y necesidades, sus momentáneas alegrías, anhelos y reflexiones sobre errores ya lejanos: hijos sin padre, esposas sin marido, hogares alveolados. La verdad, la única diferencia plausible entre él y yo, o usted, es esa suerte con la que contamos los últimos, de nacer donde nacimos y crecer donde nos lo permitieron.

Debo confesar también que siempre que me llega esta sensación de temor se libra la más horrible de las batallas interiores: el intento de mis creencias para impedir los impulsos del cuerpo, y el desasosiego del fracaso. Con todo mi liberalismo, mi respeto por la dignidad humana, mi sentido de lucha por las insoportables desigualdades sociales, siempre siento miedo.

Ocurrió hace un año. Estaba comiendo una hamburguesa en el lugar donde transformaron este placer en snobismo. Ya estaba por terminar y marcharme, cuando un joven se acercó a la puerta y le pidió cualquier cosa a una señora con dos pequeños, una divertida e inocente niña y el otro de mirada curiosa e interrogativa ante el hombre. Al parecer la mujer no escuchó la primera vez las respetuosas súplicas, pero ante el segundo intento vi ante mis ojos el impulso de terror magnificado por un sentido maternal de protección. Al ver al joven extendiendo su mano con señal de hambre, rápidamente alzó de brazos al niño que estaba más cerca y llamó a un empleado del lugar con un ineludible grito de auxilio. No pude seguir comiendo, en algún momento de este drama ya no estaba en el local y el recuerdo de un hecho similar me aturdió la expresión.

Tenía quizás 6 años, salíamos con mi hermano, apenas mayor que yo, de alguna tediosa cita y para olvidar la mala tarde mi mamá quiso entrar a comer cualquier cosa en una panadería. En la puerta, casi como si estuviera esperando nuestra salida, un habitante de calle nos pedía algo con menos cortesía que el joven de la hamburguesería. El rostro de mi madre, que nunca había encontrado igual pero que luego lo replicaría fielmente, me llenó de dudas y desconcierto de no entender qué era lo que ocurría. Al igual que la señora, mi madre habló con el tendero y le pidió que no la dejara sola hasta que se pudiera subir con nosotros al carro. Él hizo lo propio, y discutiendo ante la reacción temeraria del hombre en la puerta, me sentí a salvo.

Había encontrado el origen de mis miedos. Y no solo eso. Había sido espectador de un hecho sociológico de importancia: nuestros impulsos se heredan como los gustos musicales y el color de los ojos. Se nos transmiten, quizás como un instinto para sobrevivir, y nos cala en lo más profundo de nuestras angustias como habitantes de ciudad.

Tal vez esto me sirva con mis hijos, o tal vez no pueda superarlo. Es entendible: el riesgo puede ser grande y no se debe ser ingenuo, pero también es necesario confiar y ver al otro sin tanta distancia, con más humanidad y respeto. Aprender a extender la mano y transmitir también la compasión es un deber en las sociedades profundamente desiguales. Un imperativo urgente entre los que más suerte han tenido.

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